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la vida no trae instrucciones

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la vida no trae instrucciones: marzo 2007

martes, marzo 27, 2007

 

De regreso, divagando

Estoy de regreso. Por supuesto, perdí la preparaduría. No sólo la perdí, sino que la perdí frente a una persona que dice en su exposición palabras como "cónyugue" (en vez de cónyuge) e "infórmenes" (en vez de informes). Lo que me molesta no es tanto haber perdido, sino el dolor de cabeza que me quedó de las doscientas veces que tuve que escuchar la palabra "cónyugue".
Por otra parte, terminé mi libro de cuentos, por fin. Para leerlo, tendrán que esperar a que milagrosamente gane algún concurso, y me publiquen el libro. Pero de todos modos, no es mucho lo que se pierden. Por el momento, tengo como quinientos exámenes en las próximas semanas (la dichosa y trillada "recta final" de la carrera) y sólo doy gracias a Dios de que la próxima semana es feriada. De modo que el sábado me voy a mi pueblo, a ver a mi mamá, a mi papá, a mis hermanas y a mi sobrina, que cada día que pasa está más gorda y más bella.
Este post iba a ser bastante más largo, pero cuando lo terminé de escribir, se me cerró el Explorer. Esto significa, supongo, que no es mi día, que no es mi semana, o que no es mi mes. No creo que vaya más allá, porque, de cualquier modo, el próximo mes es la Semana de la Nueva Narrativa.
Tengo examen el jueves (procesal penal) y examen el viernes (procesal civil), y en realidad, lo que quiero es irme a casa y dormir, porque ayer comenzaron las lluvias y el clima está delicioso. Quiero irme y comenzar un nuevo libro de cuentos, ya que terminé el que llevaba. Quiero leer a Román Chalbaud y a Valera Mora, y un libro de Sábato que me prestó mi novio y que se ve buenísimo. Quiero acurrucarme en mi cama, mientras llueve afuera, y ver Los Simpson, Friends, o Mad About You (mis placeres culposos que no me dan culpa). Quiero una taza de espumoso café con leche.
Vamos a ver cómo compenso. Por el momento, agrego una nota más al pie del manual de mi vida, que dice: La Academia no es lo tuyo: Eres incapaz de decir "infórmenes".

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domingo, marzo 18, 2007

 

Cómo perder el sentido del ridículo y concursar para una preparaduría


Eran las diez treinta de la noche, y yo estaba, junto a mi novio y un amigo, en un local nocturno del CC. Via Veneto, en Valencia. Me había comprometido a ir a una fiesta en beneficio de una promoción de abogados, en la que no estoy, pero sí una amiga y compañera de clases. Apenas eran, como digo, las diez treinta de la noche, y ya me empezaba a arrepentir de mi promesa.
Detesto los locales nocturnos. Detesto el humo, el alcohol y la música a un volumen demasiado alto. Detesto, sobre todo, la música que no es música.
Una amiga se acerca para darme un mensaje que me envía otro compañero de clases: Mañana, a las nueve, es la reunión preliminar para la preparaduría de Familia (Derecho de Familia, entiéndase). Diablos. Yo estaba inscrita, pero no había decidido si participar o no. Es mi materia favorita, en la que quiero hacer el postgrado, y estoy esperando desde primer año que abran el concurso, pienso. Pero también pienso, ya he concursado en otras materias, y he perdido de modos catastróficos. Mi promedio, además, ha bajado.
Decido ir, de todos modos, a la reunión. Llego a casa a las dos de la mañana, sin haber comprendido por qué. Me levanto a las ocho, desayuno corriendo y agarro un taxi, porque es la única forma de llegar a tiempo. Contar lo demás es innecesario. Somos tres personas, del mismo salón de clases, compitiendo por un cargo. Una competencia pequeña, dicho sea de paso. Mis dos oponentes son excelentes. No quiero entrar en detalles sobre si son mejores que yo. El hecho es que el examen (sobre la materia de todo el año, dieciocho temas) es el lunes 26, de hoy en ocho días, y también la exposición, sobre un tema endemoniado, que por demás, me encanta. He estado estudiando desde el viernes en la tarde. No me he despegado del libro, de los libros, de las leyes, las fichas, los bolígrafos de colores, los mapas mentales. Voy por el tema siete.
Ya quiero renunciar.
Sé que no lo voy a hacer. O sea, es Familia. Puedo perder, puedo quizás llegar a un punto en que estoy completamente segura de que voy a perder, pero no renunciaré. También puedo llegar a un punto en que esté segura de ganar.
Y puedo equivocarme. En ambos casos.
De cualquier modo, aquí me tienen, entre divorcios y patrias potestades, luchando con toda mi necedad. Eso soy yo.

(Posdata: Éste es el motivo por el cual no ha salido aún Ficcionaria. No, no hemos desaparecido. Sólo yo. Pido disculpas a nuestros colaboradores, y paciencia.)

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viernes, marzo 16, 2007

 

Semana de la Nueva Narrativa Urbana - 2007


(Hagan clic en la imagen para verla ampliada) Éste es el programa definitivo de la Semana de la Nueva Narrativa Urbana, 2007, a celebrarse del 23 al 27 de abril del corriente, cómo no, en el Centro Cultural Chacao. Si amplían la imagen verán los nombres y fechas de los escritores invitados, todos ellos, excelentes exponentes de lo que se está haciendo actualmente en la narrativa venezolana (bueno, a excepción de mí, pero qué se le hace).

(Traducción no oficial del párrafo anterior: Porfa, porfa, porfa, vayan a verme, anden, no sean malos. Miren que esa noche también está Mario Morenza, y nada menos que Eduardo Cobos, y además nos presenta Federico Vegas. Vayan, vale, que va a estar chévere. No sean chimbos. Miren que les estoy diciendo con tiempo. ¿Verdad que sí van?)

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miércoles, marzo 14, 2007

 

Días nublados


Hay días en que no tenemos las mismas ganas de volar que normalmente. Hay días, es decir, que no parecen días, sino largas noches o madrugadas nubladas, en que no tenemos el valor de sentarnos frente a la página en blanco y escupirle las letras que llevamos dentro. Hay días en los que no tenemos el valor suficiente para ensuciar el silencio con nuestros pensamientos.

Anoche tuve una pesadilla, y no la recuerdo. No sé, no estoy segura si quiero recordarla. Sé que es una de las peores que he tenido, y no han sido pocas. Pero no recuerdo absolutamente nada de ella; sólo que al lograr despertarme, sobresaltada, tenía miedo de salir de la cama, tenía miedo de volver a dormir, tenía miedo de encender la luz y de dejarla apagada.

Hoy, como a Mafalda -de quien me declaro fanática desde los cuatro años-, me costó juntar los ánimos para bajar al mundo. Lo que pasa es que no estoy segura, de si cuando salí al mundo, iba de bajada o de subida.


*Mañana sale el número 1 de Ficcionaria. Con el favor de Mafalda.
La imagen del post es de www.deviantart.com, igual que varias que he usado ya y que me he olvidado de referir.

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jueves, marzo 08, 2007

 

Ficción vs. mentira

"Debemos saber la diferencia entre la ficción y la mentira. Ficcionamos para expresar verdades que de otro modo no sabríamos comunicar. Mentimos para que los demás nos tomen por quienes no somos".

Ana Teresa Torres, en su discurso de ingreso a la Academia Venezolana de la Lengua.

(Citado en la Selecciones del Reader's Digest de Marzo 2007, pág. 49)

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Amores imperfectos


Éste es uno de esos libros que se hacen leer. Iba a decir se dejan leer, pero es mentira, al agarrar un cuento te quedas con la duda, con la certeza, con la idea clavada en mitad de la frente: el amor no es lo que se dice en las telenovelas.
Cuando digo esto último, me doy cuenta de que hay que aclarar: No, el amor no es lo que se imprime en los globos rojos el catorce de febrero y celebraciones conexas, el amor no es lo de las tarjeticas con chip musical, y tampoco es lo de las telenovelas (ya saben, ciega-presa-merrobaronamihijo y demás yerbas). El amor ha de ser, o mejor dicho, se parece más, a una sustancia oscura que sube desde las entrañas y que nos hace hacer cosas impredecibles. Cosas que ni nosotros mismos nos creíamos capaces de hacer.
En este libro de cuentos, Edmundo Paz Soldán nos presenta una colección de amores imperfectos, de historias con finales infelices o inesperados, de historias no necesariamente cotidianas, pero sí humanas, demasiado humanas. Qué nos queda, sino comprender de una vez y para siempre que no hay amor perfecto, que todo amor combina una parte luminosa con una oscura, la mayor alegría con el más profundo dolor. Quizás en eso consista la perfección, puesto que, supongo, la perfección requiere de equilibrio.
(Esto, que conste, es mi opinión personal; el autor, que no ha de coincidir conmigo, dedica el libro A Tamra, mi amor perfecto).
¿Mis cuentos favoritos en este libro? Dochera (no por nada, supongo, ganó el Premio Juan Rulfo, aunque apenas me estoy enterando ahora -nunca leo las contraportadas) donde un hombre "se enamora de una mujer y decide homenajearla reinventando lingüísticamente el universo" (la frase es de la contraportada, y una vez más, la edición es la de la foto), El rompecabezas y Epitafios. Salvo mi voto respecto a Continuidad de los parques, personalmente, lo detesté, y de paso, Paz Soldán no puso ni siquiera una línea de microhomenaje a Cortázar (este cuento es una reescritura del suyo. Imagínense). Yo no sé nada de estas cosas, pero, en fin. En esta misma línea, se inscriben El informe de los ciegos, y, cómo no, Romeo y Julieta (este último, bueno, no está mal).
Salvando las dos o tres veces que me molesté con el autor mientras lo leía, me ha gustado. Como dice un amigo, sin ofender, no todo puede ser Gabo.

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miércoles, marzo 07, 2007

 

Arcilla roja


A veces no me gusta estar sola.
A quién quiero engañar. Casi nunca me gusta estar sola. Esto, por supuesto, en un contexto donde estar sola significa estar sin ti, específicamente sin ti, como significa cada vez que utilizo la frase estar sola. Pero la verdad, para entrar en el punto, es que sé que no es sano que no me guste estar sola, y también sé, perfectamente, que es mera malcriadez mía, que puedo estar sola, que a las pocas horas me adapto y que está bien.
Hace falta estar solo. Hace falta mirarse al espejo, encontrarse los ojos, sonreírse a sí mismo. Hace falta tocarse la piel y reconocer dónde acaba uno y empieza el resto del mundo. Hace falta, para qué negarlo, estar solo y en silencio, darse tiempo de escuchar los propios pensamientos, disfrutar la compañía de uno mismo. Escuchar la música que me gusta (disfrutar los placeres culposos, esas cosas que presuntamente me daría vergüenza que alguien encontrara en mi ipod, pero mentira, qué vergüenza ni qué nada, si seguro ustedes escuchan cosas peores), llenarme, como hoy, hasta el codo de arcilla roja y dejar que algo salga de la punta de mis dedos, una muñeca, una casa, cualquier objeto, disfrutar de la dicha de crear. Escribir, ver una película sola, llorar sin pena por una historia cursi.
Hace falta estar solo. Darse una ducha larga con agua fría, por el puro placer de sentir el agua contra la piel. Escribir. Sobre todo, hace falta escribir. Pero también estar solo.
Nada de esto quiere decir, entiéndase, que no te extrañe. Pero sí, que viene bien, de vez en cuando, estar sola.

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lunes, marzo 05, 2007

 

Sobre el ataque de los comejenes asesinos

Allá, Guárico adentro, hay un pueblo que no es exactamente pueblo, pero que tampoco es ciudad. Un lugar que tiene una sola sala de cine, a punto de derrumbarse, pero donde el tráfico es para volverse loco. Un sitio donde, periódicamente, alguien se casa o se suicida, lo que quiere decir, en sumatoria, que es alto el número de personas que atenta contra sus propias vidas. Ahí nací yo.
Hace un montón de años -bueno, tampoco tantísimos- yo usaba medias blancas a media pierna y unos lentes enormes que me cubrían casi la totalidad del rostro. No tenía prácticamente ningún amigo, y me pasaba perfectamente bien entre las enormes estanterías llenas de polvo y de libros que había en casa.
Un día -contaría yo unos nueve años, quizá menos- me apropié de dos cuadernos escolares, y uniéndolos por el lomo con toneladas de cinta plástica, me senté a escribir una "novela". Seis, ocho meses después estaba lista, y por supuesto, era pésima, pero yo la leí y la releí, la corregí y la volví a corregir, le dibujé una portada, y soñando con verla publicada algún día, la guardé en un estante.
Poco tiempo después, si acaso algunos años, los comejenes atacaron mi adorada bibloteca, y esquivando con recelo el Almanaque Mundial, devoraron a Borges y a Cortázar, volviendo polvo también los cuadernos de mi primera novela (no tenían mucho criterio gastronómico, los comejenes). Aunque sé que era mala, jamás he podido reponerme de esa pérdida.
Hoy quisiera volver a escribirla, pero ya no soy capaz de ver el mundo con los mismos ojos, ni de narrar las mismas historias. No es la edad, los más de diez años que median entre entonces y ahora, lo que me ha cambiado. Es la ciudad, con sus historias en cada esquina, en cada tienda, en cada parada de autobús. Mi primera novela se quedó irremediablemente perdida en el pasado, mientras yo sigo cazando historias en los rostros de la gente que pasa.

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sábado, marzo 03, 2007

 

Siempre lo supe

You Belong in Paris

Stylish and a little sassy, you were meant for Paris.
The art, the fashion, the wine, the men!
Whether you're enjoying the cafe life or a beautiful park...
You'll love living in the most chic place on earth.
What City Do You Belong In?


Esto, para cuando uno no tiene oficio, pero sí internet...

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Cosas que amé y perdí


Ése era el título de una lista que tenía en mi myspace, cuando aún usaba myspace. En un comentario al post anterior, maria.ines.ekman me ha hecho recordar una cosa de esa lista, y en consecuencia, otra, que aunada a ella eran lo más relevante que había allí. De modo que hoy la reinauguro en este blog.

No esperen un recuento de amores perdidos o una mascota de la infancia, no. Son dos libros (qué más cabía esperar). El primero, 1984, de George Orwell, uno de mis libros preferidos en mi historia alfabetizada, el motivo por el cual a veces nadie entiende mis chistes en las reuniones, puesto que gran cantidad de la gente con la que me reúno día a día, cree que el Gran Hermano es un reality show. 1984 es uno de los libros que leí en mi adolescencia por cosas de la vida, pero que no he podido llegar a comprar. Sólo lo he visto una o dos veces en librerías de Valencia, y han coincidido con las veces (que tampoco son escasas) en que no tengo un céntimo.

El otro libro, cuya ausencia aún lloro, es el Tauron Panton (recopilación de cuentos de los pemones) que me regaló don Mario Torrealba Lossi cuando era pequeña. Mi edición del Tauron Panton tenía las páginas divididas en columnas; en la de la izquierda, los cuentos estaban en pemón, y en la de la derecha, traducidos al castellano. En uno de los ataques de las termitas asesinas, se llevaron mi Tauron Panton, junto a otros libros más recuperables y cuya ausencia noto menos.

En fin. Cuando consiga algo para la lista que no esté hecho de hojas de papel unidas por un lado, lo agregaré. Pero no les doy esperanzas de ningún tipo.

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jueves, marzo 01, 2007

 

El temblor vs. el fuego



En carnaval pasado me fui a mi pueblo, como ya saben, y en un sábado me leí un libro, comprado por impulso el día anterior: Temblor, de Rosa Montero. No sé si el impulso se debiera a que entré en Tecniciencia y, como saben todos los que me conocen, una vez que cometo la imprudencia de entrar en una librería, es muy difícil que salga sin comprar algo; o si, más bien, se deba a que hace tiempo esta escritora me causa curiosidad.


Antes de comenzar a decir lo que pienso del libro, debo advertir que sí, me pareció entretenido. De lo contrario, no habría seguido leyéndolo. Pero, como quiera, últimamente he perdido un poco el respeto a los libros que se dejan leer en pocas horas y sin apasionamiento. Montero nos plantea, en su novela, un mundo más que ficticio, y ésa no es la cuestión, como les explicaré luego. La cuestión es que no se lo creí. Para hacer el cuento breve, llegué a la opinión de que la escritora quiso abarcar mucho, demasiado, para un libro como éste. La novela trata de un mundo, presuntamente dentro de un cierto número de años o siglos, donde a las personas les está, básicamente, prohibido pensar. Una idea interesante, como han comprobado muchos otros autores, pero que, para mi gusto, no está bien lograda en esta novela.


Ocurre que días después, cometí la segunda imprudencia de entrar, de nuevo, en una librería, y me hechizó encontrarme un ejemplar de Fahrenheit 451, de Ray Bradbury (en la edición que se ve en la foto). Como quiera que jamás había logrado perdonarme el no haberlo leído aún, a mis veintiún años, nada logró convencerme de no llevármelo. Era un miércoles, alrededor de las seis de la tarde.
Lo comencé a leer en la puerta de la librería.
Lo seguí leyendo mientras caminaba por los pasillos del centro comercial.
Lo leí en la parada, en el autobús y mientras caminaba por la calle de camino a casa, a tramos accidentados. Me acosté a las once de la noche leyéndolo, y tuve que dormirme porque al día siguiente tenía clase.
Lo leí en clase, al día siguiente.
Debo confesar que no me acuerdo de nada de lo que dieron en la universidad ese día (excepto que uno de mis profesores hablaba de responsabilidad en caso de incendio, eso sí lo recuerdo, lógicamente). Para las diez y media de la mañana me había leído el libro, que -éste sí- me dejó bien clara la imagen de un mundo donde está prohibido pensar.
Jamás me atreveré, creo, a escribir sobre el tema.
No me propongo comparar a Montero con Bradbury. Ni soñarlo. Sólo pretendía contarles que, definitivamente, el fuego ganó la batalla.

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