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la vida no trae instrucciones

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la vida no trae instrucciones: diciembre 2007

jueves, diciembre 13, 2007

 

Cosas en las que creo hoy, a las seis y cuarto de la tarde


Creo que la vida es la eterna persecución de algo que no existe.
Creo que el amor es una falacia que fue inventada porque existen mujeres como yo, que requieren ser engañadas con tal idea a fin de podérselas llevar a la cama.
Creo que no se puede contar ni confiar en nadie. Quisiera decir, que sólo se puede contar con uno mismo, pero la premisa es falsa. Hoy mi cuerpo se ha rebelado contra mí, justamente cuando más lo necesito, y las células de mi organismo parecen hallarse en guerra civil con fines secesionistas.
Miento. Creo que puedo contar con mi familia. No creo que se pueda contar con las familias en general, de hecho creo que el amor filial podría ser también otra falacia. Pero creo en la mía en particular. En mis mujeres: mi madre y mis dos hermanas. En el hecho de que mientras ellas estén, habrá alguien que me seque las lágrimas y me ayude a recoger los pedazos de mi alma. Porque somos tan pendejas que todavía creemos que la gente es buena. Porque seguimos llevándonos coñazo tras coñazo en la vida, porque no lo es.
La gente es mala. Eso lo creo.
Creo que no existen los hombres fieles. No me da la gana de excusarlos genéticamente como si tuvieran derecho a ser unas porquerías humanas. Pero no he conocido a ningún hombre fiel ni conozco a nadie que haya visto jamás uno, y empiezo a pensar si no serán como los unicornios.
No me vengan con que a Dios tampoco lo he visto, miren que en Él no creo demasiado, y lo poco que creo es porque no me queda más remedio. A veces pienso que Él me tiene algo de arrechera. Será mi amparo y mi fortaleza y todo lo demás, y será, probablemente, lo único que me ayuda a dormir por las noches, pero algo no anda bien entre Él y yo. Claro, las estadísticas apuestan a que lo que no anda bien, sea yo.
Creo que la felicidad es una mierda que sólo se ve bien en las tarjetas de felicitación, y la mayoría de las veces ni eso.
Creo que ni destrozando toda la casa lograré escaparme de tanto dolor.
No creo que nunca vuelva a ser la misma.
Y quisiera creer que en algún momento dejaré de creer todo esto (y en aras de ello lo digo así, lo creo hoy, a las seis y cuarto de la tarde), porque si hay algo peor que ser una cínica, es ser una cínica de veintidós años que no ha vivido nada como para atreverse a hablar del dolor.

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Un fragmento de mi novela

Un fragmento, breve, de la novela que estoy escribiendo. Sin pies ni cabeza. No sé ni siquiera por qué lo pongo aquí, quizás para exorcizar el silencio de esta madrugada en la que no puedo conciliar el sueño. Lamento la pérdida del formato y las sangrías correspondientes al publicarlo. Pero en fin, lamento tantas cosas, que una más o una menos no viene al caso.


Lo supe desde el primer momento, eso creo; Antonio nunca fue bueno para esconder las cosas, y no parecía darse cuenta de que aquel perfume de mujer se había quedado impregnado en su ropa; no parecía notar –o acaso no le importaba- que sus labios, en ese beso casi sin roce que era lo poco que aún me daba, sabían distinto; no parecía darse cuenta de que yo no me creía ninguno de esos cuentos de reuniones de trabajo hasta altas horas de la noche, y de llamadas de amigos que, de repente, habían reaparecido en su vida. Los hombres se vuelven particularmente productivos en el trabajo cuando están montando cachos, me decía yo, casi sarcástica si no fuera porque dolía tanto

y a pesar de todo, yo me seguía preguntando qué había hecho mal, qué podía hacer para reconquistarlo, para tenerlo de vuelta, para hacer que me amara de nuevo, y me dedicaba cada vez más a la casa, a prepararle cenas especiales que a veces no alcanzaba a comer –una reunión de trabajo, voy a llegar tarde, no me esperes despierta-, a arreglarme, maquillarme, comprarme ropa para él

como aquella vez del negligé rosa y las velas, y yo esperando sobre la cama tendida, cubierta con pétalos de rosas, y las horas que pasan y la noche que llega y el teléfono que suena soy yo, se me hizo tarde con Guillermo, no me guardes la cena que voy a comer con los muchachos y las velas que se apagan y yo limpiando la cama de pétalos marchitos, cambiándome de ropa, poniéndome un pijama y recogiéndome el pelo en un moño

y quitándome el maquillaje con crema humectante y con lágrimas

después fue, si cabe, aún peor

las llamadas a la casa a altas horas de la noche, y yo que atiendo el teléfono y un silencio de mujer que al otro lado cuelga el auricular

y cada vez eran más frecuentes y siempre tenía que atender yo, no sé por qué, no sé por qué simplemente no te dejaba atender el teléfono y poner voz de que estabas hablando con Guillermo o con Enrique y que, claro, ya ibas para allá, qué vaina, chico, este trabajo que no me deja descansar tranquilo en casa, como si de verdad te molestara, claro que ella, del otro lado de la línea, sabía que tú no tenías intenciones de descansar

y yo también lo sabía

pero yo tenía que atender el teléfono todas las veces que fuera posible, porque es que a ti nunca te colgaban el auricular, sólo a mí, y cuando yo atendía nunca era Guillermo ni Enrique ni Esteban que te llamaban a una reunión de trabajo de emergencia a cualquier hora de la noche,

eso nunca ocurrió cuando yo atendía las llamadas

sólo el silencio

hasta que un día, el menos pensado, el silencio del otro lado de la línea tuvo la infeliz idea de abrir la boca

tu marido se acuesta conmigo, ¿sabes?, desde hace varios meses

y tira como los dioses

y otras cosas más que no escuché

o no quise escuchar

o no pude escuchar

y esta vez era yo quien colgaba el auricular

y tú que decías quién era, por qué esa cara

y yo nadie, no era nadie

otra vez algún niño jugando con el teléfono

y yo muerta.

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En dolor mayor

Quisiera quemar tu casa. Quemar también todas las cartas, todas las fotos, todos los regalos. Quemar tres años y medio de mi vida. Quemar el amor que aún me resta.
Quisiera entrar a tu e-mail, borrar todos los correos, cambiarte la clave, hackear tu blog.
Quisiera llamarla a ella y decirle que todo este tiempo, a mí también me decías que me amabas.
Quisiera estar en EEUU y tener una pistola.
Quisiera ser un personaje de Eterno Resplandor y borrar mi memoria. Apretar la tecla delete de mi cerebro, y que ya no doliera.
Quisiera quitarme el corazón y guardarlo en la nevera.
Quemarte, también, no lo dije.
Golpearte. Mirarte a los ojos y decirte cuánto te odio, así como tú me miraste a los ojos y me mentiste diciendo que me amabas.
Quisiera demandarte por daño moral. Por destruir retroactivamente tres años de recuerdos que ya nunca estarán limpios de nuevo.
Pero no haré nada de eso. Bueno, quizás un par de cosas. Las que pueda.
Dijiste que no me merecías. Pues sabes qué, quizás sea la única cosa en la que hayas tenido razón jamás.
Y claro, tengo que decirlo. Sorprendido estás tú. Yo estoy decepcionada.

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miércoles, diciembre 12, 2007

 

Cosas que nos enseña la zoociedad


Descubrí que la forma más sencilla para que una mujer promedio empiece a detestar una tienda a la que siempre adoró, es teniendo dinero para comprar en ella.

Quise probarme un vestido en Naf Naf. Descubrí un par de cosas. La primera de ellas, que soy considerada una talla G. G mayúscula, G de Grande. A veces, incluso más. La segunda de ellas, que Naf Naf no vende tallas G.

Hay líneas de ropa que ni siquiera la fabrican.

Mis caderas miden cien centímetros. Sí, lo admito. Mi cintura mide setenta. Según los ociosos que se encargan de calcular esas cosas (más Luis Fernández), existe un presunto coeficiente de sensualidad que resulta de dividir la segunda cosa entre la primera, y tal resultado debe aproximarse lo más posible a 0.7. Bueno, mi coeficiente da exactamente eso, pero fíjense que no parece ser posible conseguir un vestido para la cena de Navidad del Ministerio.

Me recorrí el Sambil Valencia. Me probé como diez vestidos en todas las tallas que había. Me calé que las muchachas en los probadores me miraran de arriba abajo como diciendo: ¿ésta cree que va a conseguir ropa aquí?. Pues fíjense que ellas sabían su negocio. Mi talla no existe. Y maldito el coeficiente de sensualidad, que Barbie sacó 0,54 y parece que sigue siendo el modelo a seguir.

¿Lo peor de esta divagación estúpida, cuando sé que hay temas mucho más trascendentales de qué hablar? Que sucumbí ante la sociedad.

Me puse a dieta.

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lunes, diciembre 10, 2007

 

Cuando llegue el tiempo de soñarte (Alí Primera)

Cuando llegue el tiempo de soñarte
cantaré una canción por la distancia
y cuando quiera emborracharme en tu fragancia
besaré una flor para besar tu cuerpo
y cuando quiera emborracharme en tu fragancia
besaré una flor para besar tu cuerpo
Cuando llegue el tiempo de soñarte
buscaré la forma de decirte
que aún me queda tiempo para amarte
toda la vida amor, toda la vida
Y andaré despierto con mis sueños
y tú andarás conmigo
cantando junto al pueblo
si la vida no me deja verte
yo buscaré el tiempo de soñarte
Y escribiré una canción sobre tu cuerpo
te besaré de nuevo amor en canto nuevo
te besaré de nuevo amor en nuevo canto
Y si no encontrara el tiempo de soñarte
te juro amor que nunca soñaría
porque en el despertar y el sueño eres
incomparablemente dulce y mía
porque en el despertar y el sueño eres
incomparablemente dulce y mía
Y es que te amo tanto, compañera
que me haces falta aunque estés conmigo
y aunque haya mucho amor
llenando mi camino
juro que sin soñarte nunca soñaría
y aunque haya mucho amor llenando mi camino
juro que sin soñarte nunca soñaría
Y ahora que la tarde se viste de tristeza
con el vestido de la despedida
déjame darte un beso dulcemente
déjame partir ya buscando el tiempo
Para soñarte amor, para soñarte
para soñarte amor, para soñarte...

(Para escuchar la canción, clic aquí)

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