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la vida no trae instrucciones

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la vida no trae instrucciones: mayo 2008

jueves, mayo 29, 2008

 

El último post (o: De la libertad de expresión y otros demonios)

Después de casi dos años de llevar este blog, escribo hoy mi último post.
El contenido del blog permanecerá aquí por una o dos semanas más, luego de eso será eliminado o bloqueado (aún no lo decido).
No me voy a caer a embustes con que el blog cumplió su ciclo vital, y tal. La verdad es que, como ya he dicho, este blog es un diario, y me cansé de exponerme frente a tantas personas y de recibir ataques de gente que simplemente no entiende qué es lo que estoy diciendo y por qué. Y como quiera que no creo en la moderación de comentarios, en alguien que decide si lo que otro dice debe ser mostrado o no, y como quiera que todos aquellos que me atacaron durante estos dos años ejercían su pleno y legítimo derecho a la libertad de expresión, he decidido que lo mejor que puedo hacer por mi salud mental, es dejar de exponerme. En otros tiempos decía, como Voltaire, que a pesar de no estar de acuerdo con lo que decían, habría dado mi vida por defender su derecho a decirlo. Pero hoy, estoy cansada, y mejor que la dé otro.
No les diré que todo es culpa del blog. Quizás últimamente haya recibido demasiadas agresiones, desde diferentes flancos, por mi forma de ser y de pensar. Y es probable que tengan razón, y que yo sea todas esas cosas que dicen. Pero no se trata de eso, el caso es que estoy cansada.
Y me dirán que el mundo real es así o peor, y que tengo que adaptarme. Y la verdad les digo, que si también pudiera apartarme del mundo real, hoy, lo haría. Lamentablemente no puedo. Pero me pondré armaduras para que los golpes no me peguen tan duro, porque resulta que hay gente por ahí que una de las cuatro cosas en la vida que no se recuperan, es la palabra, después de proferida.
Mis disculpas para aquellos a quienes les gustaba leerme. Gracias por acompañarme, por los comentarios que me dejaron y por los que no, por cada vez que me leyeron y por los mails que me escribieron. A aquellos a quienes no les gustaba, y que se ocupaban de hacérmelo saber, una vez más les digo, que nunca entenderé para qué diablos, entonces, me leían.
Quizás, en algunos años, si todavía estoy por estos lares, se me olvide el dolor y reincida, como a las mujeres que dan a luz dos veces, o las que nos volvemos a enamorar a pesar de todo. En todo caso, hasta entonces o hasta quién sabe, me despido con la venia de estilo, y con afecto,

Marianne

Último Post scriptum: Las cuatro cosas que jamás se recuperan son: la piedra, después de arrojada; la palabra, después de proferida; la ocasión, después de perdida y el tiempo, después de pasado.

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sábado, mayo 24, 2008

 

Más tonterías, que para eso es un blog

Vivo en una de las zonas más costosas de mi querida y caótica Valencia. La verdad es que no puedo ni soñar en ver jamás, en un solo sitio, la cantidad de dinero que cuesta una de estas quintas; vivo alquilada en un anexo que, curiosamente, fue el único lugar accesible a mi bolsillo que pude conseguir.
Con los italianos que me alquilan el anexo tengo, muy de vez en cuando, interesantísimas conversaciones sobre política y gestión pública. Son, es evidente, personas que, más que estudiar (que no es que no lo hayan hecho), han vivido, y han vivido prestando atención a las cosas que ocurren a su alrededor, y en consecuencia, saben muchísimo, claro.
Como es obvio, cada vez que es "temporada de cacerolas", todos mis vecinos escandalizan a la urbanización con el ruido estruendoso de sus enseres de cocina, que con certeza jamás habrán conocido el concepto de una olla vacía. Entretanto, el vigilante de la urbanización, en su garita, escucha a todo volumen "Aló Presidente", echado hacia atrás en su silla de plástico.
Jamás se me ha ocurrido quejarme con mis caseros de que el ruido de sus cacerolas no me dejara dormir en un día laborable, como tampoco me he quejado cuando traen mariachis a las doce de la noche de un domingo. Para ser justos, tampoco he visto que ningún vecino le haya requerido nunca -con amabilidad o sin ella- al vigilante que le baje los decibeles a la voz del Presidente que resuena inusitadamente alta desde la pequeña radio. Un ejemplo de tolerancia mutua, supongo.
La otra cuestión es que a los vigilantes los cambian cada dos o tres días y nunca los vuelvo a ver, a excepción de uno o dos que regresan cíclicamente. Así que supongo que nunca sabré qué escuchaba en la radio aquel viejito que, una vez, al verme regresar -un domingo 13 de abril- de una marcha, vestida de un rojo imposible de no ver, me dijera, con una sonrisa:
- ¡Buenas noches, camarada!.


En otro orden de ideas -aunque quizás sea el mismo-, como trabajo en el Mintra, me toca calarme todos los días a la gente -funcionarios y empleados- que llegan a pedir cualquier cosa, vestidos del mismo y ya mencionado rojo imposible, de pies a cabeza, gritando su pasión desenfrenada por Chávez. El problema, o mejor dicho, lo que me saca la piedra, no es eso, sino el hecho de que yo estudié en la universidad con la mitad de esa gente y me acuerdo clarito de que eran adecos, copeyanos o primerojusticieros. Y a mí me da exactamente igual lo que ellos sean, lo que me da rabia es que se disfracen. Me da dentera la gente falsa. Yo no les digo nada, claro, porque igual cada quien tiene derecho de ser o fingir lo que quiera, pero me da una rabia.
Me dicen que es porque el Gobierno no contrata a "escuálidos". De repente hasta les creería, si no fuera porque todos ellos firmaron. Yo no me he inscrito en el PSUV porque no me ha dado la gana, y el día que vengan a decirme que si no lo hago me botan, tendré preparada la renuncia.
Perdón a los lectores por la leña. Es que no estoy de muy buen humor hoy.

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sábado, mayo 17, 2008

 

“Al ver a la chica 100% perfecta, una bella mañana de abril” (Haruki Murakami)



Una bella mañana de abril, en una estrecha calle del elegante barrio de Harajuku en Tokio, pasé al lado de la chica 100% perfecta.

Siendo sincero, no es tan bonita. No destaca en ninguna forma. Su ropa no es nada especial. La parte trasera del cabello continua doblada de haber dormido. No es joven, tampoco – debe estar cerca de los treinta, nada cerca a una “chica”, hablando propiamente. Pero aún así, me doy cuenta a 45 metros de distancia: que ella es la chica 100% perfecta para mí. El momento en que la veo, hay una resonancia en mi pecho y mi boca está tan seca como un desierto.


Quizás tú tengas tu propio estilo de chica – aquella con tobillos delgados, por decirlo, ojos grandes, o dedos agraciados, o te sientas atraído sin ninguna razón aparente hacia chicas que se toman su tiempo con cada comida. Yo tengo mis preferencias, por supuesto. Algunas veces en un restaurant me pierdo contemplando a una chica en la mesa contigua solo por la forma de su nariz.


Pero nadie puede insistir en que su chica 100% perfecta corresponde a algún estilo preconcebido. Así como me gustan las narices, no puedo recordar la forma de la suya – o incluso si tenía una. Todo lo que puedo recordar con claridad es que ella no era una gran belleza. Es extraño.

“Ayer por la calle me crucé con la chica 100% perfecta”, le diré a alguien.
“Si?” el dirá. “Linda?”
“En realidad no”.
“Tu estilo favorito, entonces?”
“No sé. No creo poder recordar nada sobre ella – la forma de sus ojos o el tamaño de sus pechos”.
“Raro”.
“Si, extraño”.
“Bueno, de todas maneras” el dice, ya aburrido, “qué hiciste? Le hablaste? La seguiste?”
“No, sólo pasé a su lado por la calle”

Ella camina de este a oeste y yo de oeste a este. Es realmente una bonita mañana de abril.

Desearía poder hablarle. Media hora sería suficiente: sólo preguntarle sobre ella, contarle sobre mi y–lo que verdaderamente quisiera hacer-es explicarle acerca de las complejidades del destino que hicieron que pasemos al lado del otro por un lado de la calle Harajuku una bella mañana de abril en 1981. Esto era algo que seguramente estaría colmado de inocentes secretos, como un antiguo reloj construido cuando la paz reinaba en el mundo.

Después de hablar, almorzaríamos en alguna parte, tal vez veríamos una película de Woody Allen, nos detendríamos en el bar de un hotel a beber cocteles. Con algo de suerte, podríamos acabar en la cama.

La potencialidad llama a la puerta de mi corazón.
Ahora la distancia entre los dos se ha reducido a menos de quince metros.
Cómo puedo acercarme? Qué debería decirle?
“Buenos días, señorita. Cree usted que podría regalarme media hora para conversar un poco?”
Ridículo. Sonaría como un vendedor de seguros.
“Perdóneme, por si acaso sabe si hay alguna lavandería abierta las 24 horas en el barrio?
No, esto es igual de absurdo. Por un lado, no llevo ropa sucia. Quién creería una frase como esa?
Tal vez lo mejor sea la simple verdad. “Buenos días. Tú eres la chica 100% perfecta para mi”.
No, ella no lo creería. O incluso si lo hiciera, podría no querer hablar conmigo. Lo siento, podría decir, puede que yo sea la chica 100% perfecta para ti, pero tú no eres el chico 100% perfecto para mi. Podría pasar. Y me encontraría en una situación, en la que probablemente me desmoronaría a pedazos. Nunca me recuperaría del shock. Tengo treinta y dos, y de eso se trata el ir haciéndose viejo.

Pasamos en frente de una florería. Un pequeño y tibio aire toca mi piel. El asfalto está húmedo, y percibo la fragancia de rosas. No puedo animarme a hablarle. Ella lleva un suéter blanco, y en la mano derecha agarra un sobre blanco al que le falta una estampilla. Entonces: ella le escribió una carta a alguien, tal vez pasó toda la noche escribiendo, a juzgar por su mirada somnolienta. El sobre podría contener todos los secretos que tuvo alguna vez.
Doy unas cuantas zancadas más y giro: ella se perdió entre la multitud.

Ahora, por supuesto, sé exactamente lo que debería haberle dicho. Hubiera sido un largo discurso, pero, demasiado largo para decirlo de manera apropiada. Las ideas que se me ocurren nunca son muy prácticas.

Bueno. Hubiera comenzado con “Érase una vez” y terminado con “Una triste historia, no crees?”.

Érase una vez, un chico y una chica. El chico tenía 18 y la chica 16. El no era inusualmente guapo, y ella no era especialmente bella. Ellos solamente eran un solitario chico común y una solitaria chica común, como el resto. Pero creían con todo su corazón que en alguna parte del mundo vivían el chico 100% perfecto y la chica 100% perfecta para ellos. Si, ellos creyeron en un milagro. Y ese milagro, en realidad sucedió.

Un día los dos se toparon en la esquina de una calle.
“Esto es increíble”, el dijo. “Te he estado buscando toda mi vida. No creerás esto, pero tú eres la chica 100% perfecta para mi”.
“Y tú”, ella le diría, “eres el chico 100% perfecto para mi, exactamente como te imagine en cada detalle. Es como un sueño”.

Se sentaron en la banca de un parque, se tomaron de las manos, y se contaron sus historias por horas y horas. Ya no estaban más solos. Habían encontrado y habían sido encontrados por su 100% perfecta mitad. Que cosa maravillosa es encontrar y ser encontrado por tu otro 100% perfecto. Es un milagro, un milagro cósmico.

Mientras se sentaron y conversaron, sin embargo, una pequeña, pequeña semilla de duda se sembró en sus corazones: era realmente correcto que los sueños de alguien se hagan realidad tan fácilmente?.

Y entonces, cuando se dio una momentánea pausa en su conversación, el chico le dijo a la chica: “Pongámonos a prueba-solo una vez. Si verdaderamente somos los amantes 100% perfectos para cada uno, entonces alguna vez, en algún lugar, nos volveremos a encontrar sin falta. Y cuando eso suceda, y sepamos que somos los indicados 100% perfectos, nos casaremos ahí en ese momento. Qué opinas?
“Si” dijo ella, “eso es exactamente lo que deberíamos hacer”.
Y entonces se separaron, ella hacia el este, y el hacia el oeste.

La prueba que ambos habían acordado hacer, no obstante, era completamente innecesaria. Ellos nunca deberían haberse sometido a ella, porque real y verdaderamente eran el 100% correctos el uno para el otro, y era un milagro que se hayan conocido alguna vez. Pero era imposible que ellos supieran esto, tan jóvenes como eran. Las frías, indiferentes olas del destino procedieron a sacudirlos sin piedad.

Un invierno, tanto el chico como la chica se enfermaron de la terrible influenza, y luego de divagar entre la vida y la muerta perdieron todos los recuerdos de sus años mozos. Cuando despertaron, sus cabezas estaban tan vacías como la alcancía de D.H. Lawrence en su juventud.

Sin embargo, los dos eran jóvenes brillantes y decididos, y a través de sus incesantes esfuerzos lograron adquirir nuevamente el conocimiento y los sentimientos que los calificaron para retornar como miembros plenos de la sociedad. Alabado sea el cielo, se convirtieron en ciudadanos verdaderamente distinguidos que sabían transferirse de una línea de metro a otra, que eran completamente capaces de depositar una carta expresa en el correo. Incluso experimentaron el amor nuevamente, algunas veces tanto como en 75% o inclusive un 85%.

El tiempo pasó vertiginosamente, y pronto el chico tenía 32 años, y la chica 30.

Una bella mañana de abril, en busca de una taza de café para comenzar el día, el chico caminaba de oeste a este, mientras que la chica, con la intención de enviar una carta expresa, estaba caminando de este a oeste, ambos a través de la estrecha calle del barrio Harajuku en Tokio. Se cruzaron en el medio mismo de la calle. El pálido destello de sus recuerdos perdidos brilló por un breve instante en sus corazones. Cada uno sintió una resonancia en el pecho. Y ellos sabían:

Ella es la chica 100% perfecta para mi.
El es el chico 100% perfecto para mi.

Pero el resplandor de sus recuerdos era demasiado débil, y sus ideas ya no tenían la claridad de catorce años atrás. Sin una sola palabra, pasaron al lado del otro, desapareciendo entre la multitud. Para siempre.

Una triste historia, no crees?

Si, eso es, eso es lo que debería haberle dicho a ella.


(Traducción tomada del blog de Pato Peters)

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martes, mayo 13, 2008

 

Un error


(y que nadie se sienta aludido)

Te diré cuál fue tu error. Pudimos ser amigos. Hay cosas de ti que me agradan.
Pero tú, no. Tú querías ir más allá.
A mis amigos les tolero que sean pedantes. A veces me río de sus chistes malos, porque a veces me dan risa. Pero a alguien que quiera ir más allá, cómo te explico. Me da flojera. Sobre todo soportar la pedantería.
A mis amigos les soporto, hasta les agradezco, que se rían de mis defectos. Pero de alguien que pretenda jugar un rol de hombre, jugar a ser el rey en este ajedrez, lo mínimo que espero es que ensalce mis virtudes, por pocas que sean, y que lo haga con honestidad. No que encubra un piropo en un medio insulto hecho a manera de broma. No; espero halagos directos, así como espero flores, chocolates y peluches aunque no me gusten. Porque ya, a estas alturas del juego, me harté de aceptar menos de lo que merezco.
A mis amigos, en resumidas cuentas, les tolero que tengan la autoestima baja y se escuden en juegos de niños de primaria. Que sencillamente no sepan decirme que les agrado, porque no me hace falta, porque yo sé que no están esperando otras cosas y que si están conmigo es porque les caigo bien y punto. Pero a los que andan por otros derroteros, no les tolero que sean, después de adultos, el niño aquél que me quitaba la coleta en primaria para hacerme molestar, porque no sabía cómo decirme que le gustaba.
A mis amigos les aguanto que no me gusten por completo, porque la amistad es eso y a veces no importa; basta con tener áreas comunes, donde uno pueda encontrarse a mitad de camino y tomar un café. Ah, pero si los tiros van por otro lado, honestamente, me da flojera. Y la verdad, no creo que para ti tampoco valga la pena calarte mi intolerancia y mi mal humor y mi carencia absoluta de ganas de esforzarme por algo que no va para ningún lado.
Pero fíjate, las amistades a veces sí duran. Y si hubieras sido inteligente, quizás habrías entendido eso a tiempo.
Antes de que yo comenzara a elaborar la lista de las diez (mil) cosas que detesto de ti.
Antes de que comenzara a pensar en por qué no me terminan de gustar tus besos.

(La fotografía es de Mariamne-1484 en deviantart.com)

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sábado, mayo 10, 2008

 

A manera de celebración

Pensé en colgar acá alguna de las (escasas) fotos tomadas durante la presentación de mi libro, pero entonces recordé aquel polémico post publicado por Enza, que algunos recordarán y que trajo, a la larga, el cierre de su blog; razón por la cual, llegué a la conclusión de que para eso está Facebook, y en consecuencia, a manera de celebración, en vez de foto pongo cuento. Uno de los diecinueve cuentos que componen mi libro, y que dejo de regalo (o de castigo) para los que no puedan (o no quieran) comprarlo.

La salsa de tomate no lleva cebolla

- Tomate, sal y ajo, y un poco de orégano –recitaba mi madre mientras iba añadiendo, uno a uno, los ingredientes al sartén-. La salsa de tomate no lleva cebolla –repetía entonces, por tercera vez, como una especie de mantra o de lema inexpugnable de cocina, que necesitábamos memorizar y hacer parte de nuestro credo personal.

Entonces comenzaba a medir las porciones de espagueti formando un círculo con sus dedos pulgar e índice. A su lado, a prudente distancia, mis hermanas y yo observábamos el procedimiento cada vez que mi madre cocinaba. Sabíamos que tenía sus manías para cada ingrediente, pero con ninguna receta era mi madre tan estricta como con la pasta y la salsa de tomate.

- El tomate hay que escaldarlo unos minutos y luego quitarle toda la piel –decía, seria-. Si se le deja algo de piel, toda la salsa queda ácida.

Nosotras, con los ojos muy abiertos, mirábamos atentas tratando de absorber las instrucciones que mi madre nos repetía, para que las aprendiéramos de memoria. Era en esos momentos cuando, de tanto en tanto, dejaba caer su segundo mantra:

- Las mujeres deben saber cocinar. De lo contrario, es como si no supieran hacer nada. Una mujer que no sabe cocinar es como un cuchillo que no corta.

En esa frase mamá resumía toda la doctrina que tenía para enseñarnos. De eso hace años. Pero aún recuerdo que en esos momentos, algo dentro de mí insistía en sentir que yo no podía ser sólo una herramienta para cocinar.

Tengo dos hermanas, cada una un año mayor que la anterior. De modo que somos casi tres copias ampliadas, que cuando éramos niñas pasábamos por tener la misma edad. Al crecer todo fue distinto. Las tres terminamos el bachillerato juntas; mis hermanas se quedaron en casa y yo decidí estudiar una carrera. Mis padres no estuvieron de acuerdo: les pareció inútil e innecesario, de modo que tuve que irme por mi cuenta y trabajar desde el primer día. A los pocos años, mis hermanas se casaban; un par de años más y llegaban los primeros nietos. Mis padres no podrían haber sido más felices. Bueno, quizás si yo les hubiera llevado la noticia de que me casaba y abandonaba la carrera. Pero eso no pasó.

A pesar de todo, visito la casa de mis padres una vez al año. Mis hermanas y sus esposos se han comprado casas en la misma calle, de modo que toda la familia sigue viviendo ahí, como siempre. Eso significa que la casa está constantemente llena de gente: mis hermanas, mis cuñados, mi larga hilera de sobrinos y sobrinas cuyos nombres tiendo a confundir: Georgina, Fiorella, Giuseppe, Gian Franco, Laura, Antonio. No sé en qué momento mis hermanas tuvieron tantos hijos. Entonces los niños corriendo por todos lados, los hombres de la familia sentados por ahí, hablando casi a gritos, leyendo el periódico o fumando, y las mujeres en la cocina. Y mi madre que repite:

- Tomate, sal y ajo, y un poco de orégano –mientras va añadiendo los ingredientes, uno a uno, al sartén-. La salsa de tomate no lleva cebolla.

Y en algún momento, mis tías o mis hermanas, que aunque no viven en casa parece que vivieran, me hacen la pregunta inevitable:

- Tú, ¿cuándo te casas? ¿Ya conseguiste novio?

De regreso en casa, después de cada viaje, me entretengo en cambiar las cosas de sitio, en poner flores o quitarlas, en dejar el televisor encendido todo el día: son pequeñas señales de libertad que me dejo a mí misma, como intentando recordarme que tengo el control sobre mi vida, como regodeándome en el hecho de que no me he casado, de que vivo sola, de que trabajo y soy por completo independiente. Pago mis cuentas, gano mi propio dinero, obtuve mi título como lo deseaba. Tengo en casa los muebles que quiero, como cuando quiero, me voy a dormir a la hora que me plazca. Cada vez que regreso de casa de mis padres, tengo que repetirme todo esto a mí misma, exorcizando los fantasmas.

Me da hambre, y decido hacerme algo de comer. Voy a la cocina, escaldo los tomates, les quito toda la piel. Mido una porción de espagueti entre mis dedos pulgar e índice, y uno a uno, voy agregando a la sartén: tomate, sal y ajo, y un poco de orégano.

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