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la vida no trae instrucciones

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la vida no trae instrucciones: septiembre 2009

sábado, septiembre 26, 2009

 

del verbo desamar

 

El radio-despertador se encendió aquella mañana en mitad de una canción de María Rivas y ella, como era obvio, no pudo evitar pensar en él con una sonrisa. De vez en cuando pensaba en él. A quién engañar, pensaba en él con frecuencia, a veces con la misma sonrisa y otras veces no tanto. Ciertos días recordaba cosas que seguramente él no recordaría (el tono de su voz en el teléfono o la canción que sonaba cuando era él quien llamaba, los girasoles, las escapadas, las películas que vieron juntos, las largas conversaciones hasta la madrugada en las que se prometerían futuros imposibles, que nunca habrían de concretarse; claro que eso no lo sabían entonces). Pensaba en él, entonces, aquella mañana, y pensaba en ella, la que ella había sido cuando lo amaba de esa manera.

En la vida se vale de todo, hasta ser tan tonto como para encontrar al amor de tu vida y luego, arruinarlo sin remedio.

Se dio una ducha y, mientras se lavaba el cabello, redactó una carta de amor en su cabeza. Minuciosa y hermosa, de haberla escrito quizás podría concursar para algún certamen menor. Para cuando la última burbuja se fue por el desagüe, también lo había hecho la última palabra, y ella pudo vestirse y salir a la calle con una vaga sensación de pérdida, pero sin esas molestas líneas en la mente. Vestirse y salir, y hacer acopio de normalidad. Lo vería luego, en el trabajo o en la calle o en un café civilizado como amigos, y podría (porque las frases, las canciones y lo que quedaba de lo que ella había sido, cuando lo amaba, se habían ido por el desagüe), podría fingir que comprendía tanta civilización de dos personas que siguen su camino (casi como si nada) después de la devastación nuclear que deja el desamor.


miércoles, septiembre 23, 2009

 

La fea verdad


Pues bien, después de un esguince en el pie y una serie de obligaciones laborales, heme aquí en fiel cumplimiento de mi propósito de año nuevo (?) de volver a escribir uno que otro post. Empiezo (no con el pie derecho, sino con la mano izquierda porque soy zurda).
Hace unos días fui al cine (nota: cada vez odio más el (mal)trato en Cines Unidos) a ver la comedia romántica The Ugly Truth, con Katherine Heighl y Gerard Butler (#yoconfieso que me encantan las comedias románticas). La tipa es una genio, espero que su talento se vea reconocido como es debido, y en general la película es excelente para pasar el rato; hacía años que no me reía tanto. Pero la razón por la que divago estas líneas es que el postulado principal del argumento de la película, consiste en un principio que me ha perseguido las últimas semanas (a través de mis feeds, twitter, libros y conversaciones en general) y al que tengo rato dándole vueltas: Mike Chadway, el protagonista de la película (un tipo que a primera vista es un machista, misógino, prepotente y adicto al sexo sin ningún tipo de límites sociales) postula, básicamente, que los hombres son incapaces de cambiar, o, en sus propias palabras:
"Men are incapabable of growth, change or progress"
"Los hombres son incapaces de crecimiento, cambio o progreso."
Inevitablemente, tengo que conectar el tema con algo que hablaba recientemente con una amiga, que me decía (algo que además es cierto y no necesita mayor análisis) que todos los hombres son, para una mujer, un work-in-progress, un proyecto que aparentemente elegimos a manera de reto, lo cual, decía ella, explicaría por qué siempre nos gustan los más dañados, el bad-boy, al que pareciera que soñamos con convertir en el perfecto padre de nuestros hijos, pero jamás nos enamoramos del Leonard que tenemos en el apartamento (o en el pupitre) de al lado.
En fin, tampoco se trataba de eso exactamente, sino que al final, hablando con otro amigo, en medio de una frase cualquiera mediante la cual (enguayabado) trataba de explicar, básicamente, que no había hecho suficiente de una cosa o que había hecho demasiado de otra (lo cual, según él, justificaba que su novia lo hubiera dejado o similar), mientras intentaba, yo, explicarle a él, que nadie en sus cabales deja a su novio porque no la llevaba dos veces al mes al cine, sino una, la revelación hit me in the face, o más bien se estrelló como un frisbee arrojado contra mi atolondrada cabeza: ¿Tiene algún sentido involucrarnos en una relación con alguien que queremos que sea completamente distinto a lo que es? Diablos, no. Tiene sentido, si sé con tal claridad (precisión, puntillismo y detalle) lo que quiero que sea mi pareja, buscarlo hasta que lo encuentre, cosa difícil, claro, pero no más que cambiar a una persona (que, según Mike Chadway, is incapable of change). O sea, si yo quiero un televisor, voy a la tienda y compro un televisor, o voy a la tienda y compro una nevera, la desarmo e intento construir un televisor con eso?
Lo peor no es eso, de paso. Lo peor es que nos metemos de cabeza en esa relación (con la nevera), y después decidimos que no podemos ser felices hasta que podamos sintonizar Warner Channel en esa nevera, cosa que no va a pasar en un futuro próximo. ¿Es tan difícil encontrar placer en desarrollar una relación con otro ser humano, disfrutar sus particularidades, sus gustos, su forma única de ver la vida, aprender a interactuar y nutrirse uno del otro...? (Soné como un libro de Osho). Sí. Es difícil. Por la sencilla razón de que aún no hemos hecho eso con nosotros mismos. By the way, está difícil que nuestra nevera disfrute estar con nosotras, si nosotras mismas no nos gustamos. Todo lo cual me lleva de regreso a Mike Chadway y su sabiduría de enlatado de Hollywood:

"The ugly truth is happiness can’t be found in a relationship. You have to already have it."
"La fea verdad es que la felicidad no puede ser hallada en una relación. Tienes que tenerla ya."


Como decían, en otras palabras, en He's just not that into you, chicas, la sociedad (y el mismo Hollywood) nos han dañado. And that´s the ugly truth.

Seguir leyendo sobre el tema en otro blog

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domingo, septiembre 20, 2009

 

Lo único permanente es el cambio, que dicen

Visto que se aproxima el cumpleaños de este blog (va para tres añitos el próximo once de octubre, ya va a aprender a leer) y visto, asimismo, que hace meses que no escribo nada de nada que valga medianamente la pena ser leído, acabo de tomar la resolución (!) de efectuar un rediseño del blog. Y como yo soy así, efectiva, eso fue decidirlo y hacerlo, como pueden ver. Mi nueva plantilla, que me hace sentir como en casa recién pintada, es azul (como el mar azul, Cristian Castro dixit) y según yo, encuadra perfectamente con mi resolución de año nuevo (?) de volver a escribir con frecuencia en el blog.
(De buenas intenciones está pavimentado el camino al infierno, dicen).
Yo quiero pensar que es una resolución saludable y beneficiosa, y me ayuda a creerlo el hecho de que acabo de mudarme -todo está aún, a mi alrededor, en cajas de cartón- y me siento saliendo de un largo período de sombra. Este blog fue iniciado, también, durante una mudanza -tema recurrente en mi vida, de manera ineludible-: este post así lo atestigua. Revisando archivos, uno puede notar también que entre los primeros comentaristas -esos que llegaron cuando apenas el camión de la mudanza acababa de irse y yo cortaba la cinta dándoles la bienvenida a un blog casi vacío- persisten aún algunos vínculos importantes para mí (Luis Guillermo, Fósforo, Jorge, Jesús y los que faltan, un abrazo desde la distancia). No puede decirse que no hayan sido productivos estos años de actividad: hasta cafés con conversa literaria me ha dejado el blog.
Escribo entonces para prometerme escribir. Ya veremos cómo resulta.


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