sábado, mayo 17, 2008

“Al ver a la chica 100% perfecta, una bella mañana de abril” (Haruki Murakami)



Una bella mañana de abril, en una estrecha calle del elegante barrio de Harajuku en Tokio, pasé al lado de la chica 100% perfecta.

Siendo sincero, no es tan bonita. No destaca en ninguna forma. Su ropa no es nada especial. La parte trasera del cabello continua doblada de haber dormido. No es joven, tampoco – debe estar cerca de los treinta, nada cerca a una “chica”, hablando propiamente. Pero aún así, me doy cuenta a 45 metros de distancia: que ella es la chica 100% perfecta para mí. El momento en que la veo, hay una resonancia en mi pecho y mi boca está tan seca como un desierto.


Quizás tú tengas tu propio estilo de chica – aquella con tobillos delgados, por decirlo, ojos grandes, o dedos agraciados, o te sientas atraído sin ninguna razón aparente hacia chicas que se toman su tiempo con cada comida. Yo tengo mis preferencias, por supuesto. Algunas veces en un restaurant me pierdo contemplando a una chica en la mesa contigua solo por la forma de su nariz.


Pero nadie puede insistir en que su chica 100% perfecta corresponde a algún estilo preconcebido. Así como me gustan las narices, no puedo recordar la forma de la suya – o incluso si tenía una. Todo lo que puedo recordar con claridad es que ella no era una gran belleza. Es extraño.

“Ayer por la calle me crucé con la chica 100% perfecta”, le diré a alguien.
“Si?” el dirá. “Linda?”
“En realidad no”.
“Tu estilo favorito, entonces?”
“No sé. No creo poder recordar nada sobre ella – la forma de sus ojos o el tamaño de sus pechos”.
“Raro”.
“Si, extraño”.
“Bueno, de todas maneras” el dice, ya aburrido, “qué hiciste? Le hablaste? La seguiste?”
“No, sólo pasé a su lado por la calle”

Ella camina de este a oeste y yo de oeste a este. Es realmente una bonita mañana de abril.

Desearía poder hablarle. Media hora sería suficiente: sólo preguntarle sobre ella, contarle sobre mi y–lo que verdaderamente quisiera hacer-es explicarle acerca de las complejidades del destino que hicieron que pasemos al lado del otro por un lado de la calle Harajuku una bella mañana de abril en 1981. Esto era algo que seguramente estaría colmado de inocentes secretos, como un antiguo reloj construido cuando la paz reinaba en el mundo.

Después de hablar, almorzaríamos en alguna parte, tal vez veríamos una película de Woody Allen, nos detendríamos en el bar de un hotel a beber cocteles. Con algo de suerte, podríamos acabar en la cama.

La potencialidad llama a la puerta de mi corazón.
Ahora la distancia entre los dos se ha reducido a menos de quince metros.
Cómo puedo acercarme? Qué debería decirle?
“Buenos días, señorita. Cree usted que podría regalarme media hora para conversar un poco?”
Ridículo. Sonaría como un vendedor de seguros.
“Perdóneme, por si acaso sabe si hay alguna lavandería abierta las 24 horas en el barrio?
No, esto es igual de absurdo. Por un lado, no llevo ropa sucia. Quién creería una frase como esa?
Tal vez lo mejor sea la simple verdad. “Buenos días. Tú eres la chica 100% perfecta para mi”.
No, ella no lo creería. O incluso si lo hiciera, podría no querer hablar conmigo. Lo siento, podría decir, puede que yo sea la chica 100% perfecta para ti, pero tú no eres el chico 100% perfecto para mi. Podría pasar. Y me encontraría en una situación, en la que probablemente me desmoronaría a pedazos. Nunca me recuperaría del shock. Tengo treinta y dos, y de eso se trata el ir haciéndose viejo.

Pasamos en frente de una florería. Un pequeño y tibio aire toca mi piel. El asfalto está húmedo, y percibo la fragancia de rosas. No puedo animarme a hablarle. Ella lleva un suéter blanco, y en la mano derecha agarra un sobre blanco al que le falta una estampilla. Entonces: ella le escribió una carta a alguien, tal vez pasó toda la noche escribiendo, a juzgar por su mirada somnolienta. El sobre podría contener todos los secretos que tuvo alguna vez.
Doy unas cuantas zancadas más y giro: ella se perdió entre la multitud.

Ahora, por supuesto, sé exactamente lo que debería haberle dicho. Hubiera sido un largo discurso, pero, demasiado largo para decirlo de manera apropiada. Las ideas que se me ocurren nunca son muy prácticas.

Bueno. Hubiera comenzado con “Érase una vez” y terminado con “Una triste historia, no crees?”.

Érase una vez, un chico y una chica. El chico tenía 18 y la chica 16. El no era inusualmente guapo, y ella no era especialmente bella. Ellos solamente eran un solitario chico común y una solitaria chica común, como el resto. Pero creían con todo su corazón que en alguna parte del mundo vivían el chico 100% perfecto y la chica 100% perfecta para ellos. Si, ellos creyeron en un milagro. Y ese milagro, en realidad sucedió.

Un día los dos se toparon en la esquina de una calle.
“Esto es increíble”, el dijo. “Te he estado buscando toda mi vida. No creerás esto, pero tú eres la chica 100% perfecta para mi”.
“Y tú”, ella le diría, “eres el chico 100% perfecto para mi, exactamente como te imagine en cada detalle. Es como un sueño”.

Se sentaron en la banca de un parque, se tomaron de las manos, y se contaron sus historias por horas y horas. Ya no estaban más solos. Habían encontrado y habían sido encontrados por su 100% perfecta mitad. Que cosa maravillosa es encontrar y ser encontrado por tu otro 100% perfecto. Es un milagro, un milagro cósmico.

Mientras se sentaron y conversaron, sin embargo, una pequeña, pequeña semilla de duda se sembró en sus corazones: era realmente correcto que los sueños de alguien se hagan realidad tan fácilmente?.

Y entonces, cuando se dio una momentánea pausa en su conversación, el chico le dijo a la chica: “Pongámonos a prueba-solo una vez. Si verdaderamente somos los amantes 100% perfectos para cada uno, entonces alguna vez, en algún lugar, nos volveremos a encontrar sin falta. Y cuando eso suceda, y sepamos que somos los indicados 100% perfectos, nos casaremos ahí en ese momento. Qué opinas?
“Si” dijo ella, “eso es exactamente lo que deberíamos hacer”.
Y entonces se separaron, ella hacia el este, y el hacia el oeste.

La prueba que ambos habían acordado hacer, no obstante, era completamente innecesaria. Ellos nunca deberían haberse sometido a ella, porque real y verdaderamente eran el 100% correctos el uno para el otro, y era un milagro que se hayan conocido alguna vez. Pero era imposible que ellos supieran esto, tan jóvenes como eran. Las frías, indiferentes olas del destino procedieron a sacudirlos sin piedad.

Un invierno, tanto el chico como la chica se enfermaron de la terrible influenza, y luego de divagar entre la vida y la muerta perdieron todos los recuerdos de sus años mozos. Cuando despertaron, sus cabezas estaban tan vacías como la alcancía de D.H. Lawrence en su juventud.

Sin embargo, los dos eran jóvenes brillantes y decididos, y a través de sus incesantes esfuerzos lograron adquirir nuevamente el conocimiento y los sentimientos que los calificaron para retornar como miembros plenos de la sociedad. Alabado sea el cielo, se convirtieron en ciudadanos verdaderamente distinguidos que sabían transferirse de una línea de metro a otra, que eran completamente capaces de depositar una carta expresa en el correo. Incluso experimentaron el amor nuevamente, algunas veces tanto como en 75% o inclusive un 85%.

El tiempo pasó vertiginosamente, y pronto el chico tenía 32 años, y la chica 30.

Una bella mañana de abril, en busca de una taza de café para comenzar el día, el chico caminaba de oeste a este, mientras que la chica, con la intención de enviar una carta expresa, estaba caminando de este a oeste, ambos a través de la estrecha calle del barrio Harajuku en Tokio. Se cruzaron en el medio mismo de la calle. El pálido destello de sus recuerdos perdidos brilló por un breve instante en sus corazones. Cada uno sintió una resonancia en el pecho. Y ellos sabían:

Ella es la chica 100% perfecta para mi.
El es el chico 100% perfecto para mi.

Pero el resplandor de sus recuerdos era demasiado débil, y sus ideas ya no tenían la claridad de catorce años atrás. Sin una sola palabra, pasaron al lado del otro, desapareciendo entre la multitud. Para siempre.

Una triste historia, no crees?

Si, eso es, eso es lo que debería haberle dicho a ella.


(Traducción tomada del blog de Pato Peters)

martes, mayo 13, 2008

Un error


(y que nadie se sienta aludido)

Te diré cuál fue tu error. Pudimos ser amigos. Hay cosas de ti que me agradan.
Pero tú, no. Tú querías ir más allá.
A mis amigos les tolero que sean pedantes. A veces me río de sus chistes malos, porque a veces me dan risa. Pero a alguien que quiera ir más allá, cómo te explico. Me da flojera. Sobre todo soportar la pedantería.
A mis amigos les soporto, hasta les agradezco, que se rían de mis defectos. Pero de alguien que pretenda jugar un rol de hombre, jugar a ser el rey en este ajedrez, lo mínimo que espero es que ensalce mis virtudes, por pocas que sean, y que lo haga con honestidad. No que encubra un piropo en un medio insulto hecho a manera de broma. No; espero halagos directos, así como espero flores, chocolates y peluches aunque no me gusten. Porque ya, a estas alturas del juego, me harté de aceptar menos de lo que merezco.
A mis amigos, en resumidas cuentas, les tolero que tengan la autoestima baja y se escuden en juegos de niños de primaria. Que sencillamente no sepan decirme que les agrado, porque no me hace falta, porque yo sé que no están esperando otras cosas y que si están conmigo es porque les caigo bien y punto. Pero a los que andan por otros derroteros, no les tolero que sean, después de adultos, el niño aquél que me quitaba la coleta en primaria para hacerme molestar, porque no sabía cómo decirme que le gustaba.
A mis amigos les aguanto que no me gusten por completo, porque la amistad es eso y a veces no importa; basta con tener áreas comunes, donde uno pueda encontrarse a mitad de camino y tomar un café. Ah, pero si los tiros van por otro lado, honestamente, me da flojera. Y la verdad, no creo que para ti tampoco valga la pena calarte mi intolerancia y mi mal humor y mi carencia absoluta de ganas de esforzarme por algo que no va para ningún lado.
Pero fíjate, las amistades a veces sí duran. Y si hubieras sido inteligente, quizás habrías entendido eso a tiempo.
Antes de que yo comenzara a elaborar la lista de las diez (mil) cosas que detesto de ti.
Antes de que comenzara a pensar en por qué no me terminan de gustar tus besos.

(La fotografía es de Mariamne-1484 en deviantart.com)

sábado, mayo 10, 2008

A manera de celebración

Pensé en colgar acá alguna de las (escasas) fotos tomadas durante la presentación de mi libro, pero entonces recordé aquel polémico post publicado por Enza, que algunos recordarán y que trajo, a la larga, el cierre de su blog; razón por la cual, llegué a la conclusión de que para eso está Facebook, y en consecuencia, a manera de celebración, en vez de foto pongo cuento. Uno de los diecinueve cuentos que componen mi libro, y que dejo de regalo (o de castigo) para los que no puedan (o no quieran) comprarlo.

La salsa de tomate no lleva cebolla

- Tomate, sal y ajo, y un poco de orégano –recitaba mi madre mientras iba añadiendo, uno a uno, los ingredientes al sartén-. La salsa de tomate no lleva cebolla –repetía entonces, por tercera vez, como una especie de mantra o de lema inexpugnable de cocina, que necesitábamos memorizar y hacer parte de nuestro credo personal.

Entonces comenzaba a medir las porciones de espagueti formando un círculo con sus dedos pulgar e índice. A su lado, a prudente distancia, mis hermanas y yo observábamos el procedimiento cada vez que mi madre cocinaba. Sabíamos que tenía sus manías para cada ingrediente, pero con ninguna receta era mi madre tan estricta como con la pasta y la salsa de tomate.

- El tomate hay que escaldarlo unos minutos y luego quitarle toda la piel –decía, seria-. Si se le deja algo de piel, toda la salsa queda ácida.

Nosotras, con los ojos muy abiertos, mirábamos atentas tratando de absorber las instrucciones que mi madre nos repetía, para que las aprendiéramos de memoria. Era en esos momentos cuando, de tanto en tanto, dejaba caer su segundo mantra:

- Las mujeres deben saber cocinar. De lo contrario, es como si no supieran hacer nada. Una mujer que no sabe cocinar es como un cuchillo que no corta.

En esa frase mamá resumía toda la doctrina que tenía para enseñarnos. De eso hace años. Pero aún recuerdo que en esos momentos, algo dentro de mí insistía en sentir que yo no podía ser sólo una herramienta para cocinar.

Tengo dos hermanas, cada una un año mayor que la anterior. De modo que somos casi tres copias ampliadas, que cuando éramos niñas pasábamos por tener la misma edad. Al crecer todo fue distinto. Las tres terminamos el bachillerato juntas; mis hermanas se quedaron en casa y yo decidí estudiar una carrera. Mis padres no estuvieron de acuerdo: les pareció inútil e innecesario, de modo que tuve que irme por mi cuenta y trabajar desde el primer día. A los pocos años, mis hermanas se casaban; un par de años más y llegaban los primeros nietos. Mis padres no podrían haber sido más felices. Bueno, quizás si yo les hubiera llevado la noticia de que me casaba y abandonaba la carrera. Pero eso no pasó.

A pesar de todo, visito la casa de mis padres una vez al año. Mis hermanas y sus esposos se han comprado casas en la misma calle, de modo que toda la familia sigue viviendo ahí, como siempre. Eso significa que la casa está constantemente llena de gente: mis hermanas, mis cuñados, mi larga hilera de sobrinos y sobrinas cuyos nombres tiendo a confundir: Georgina, Fiorella, Giuseppe, Gian Franco, Laura, Antonio. No sé en qué momento mis hermanas tuvieron tantos hijos. Entonces los niños corriendo por todos lados, los hombres de la familia sentados por ahí, hablando casi a gritos, leyendo el periódico o fumando, y las mujeres en la cocina. Y mi madre que repite:

- Tomate, sal y ajo, y un poco de orégano –mientras va añadiendo los ingredientes, uno a uno, al sartén-. La salsa de tomate no lleva cebolla.

Y en algún momento, mis tías o mis hermanas, que aunque no viven en casa parece que vivieran, me hacen la pregunta inevitable:

- Tú, ¿cuándo te casas? ¿Ya conseguiste novio?

De regreso en casa, después de cada viaje, me entretengo en cambiar las cosas de sitio, en poner flores o quitarlas, en dejar el televisor encendido todo el día: son pequeñas señales de libertad que me dejo a mí misma, como intentando recordarme que tengo el control sobre mi vida, como regodeándome en el hecho de que no me he casado, de que vivo sola, de que trabajo y soy por completo independiente. Pago mis cuentas, gano mi propio dinero, obtuve mi título como lo deseaba. Tengo en casa los muebles que quiero, como cuando quiero, me voy a dormir a la hora que me plazca. Cada vez que regreso de casa de mis padres, tengo que repetirme todo esto a mí misma, exorcizando los fantasmas.

Me da hambre, y decido hacerme algo de comer. Voy a la cocina, escaldo los tomates, les quito toda la piel. Mido una porción de espagueti entre mis dedos pulgar e índice, y uno a uno, voy agregando a la sartén: tomate, sal y ajo, y un poco de orégano.

jueves, abril 24, 2008

Diluvia

Acá diluvia. No llueve, diluvia. Las calles se han vuelto ríos de pantano que arrastran hojas, ramas, objetos diversos, tiempo, silencio.
No lavan rencores.
Sabes que prefiero la llovizna. Que siempre he preferido la llovizna. Que le temo a los truenos y a las tormentas. Que me da frío.
Quiero que llueva. Sin ventiscas, sin rayos ni relámpagos, que llueva queda y copiosamente. Encerrarme en la casa, meterme en la cama, desnuda, bajo tres cobijas, y escuchar el sonido de la lluvia en silencio.
Quizás escribir un cuento malo que nunca será publicado. O tal vez lo sea, aunque eso no lo haga menos malo.
Sólo escuchar la lluvia caer, y sentirme menos sola. Sólo eso.

Feliz


lunes, abril 14, 2008

Escritora con libros

Ustedes saben que yo vivo caída de la mata, y de paso, me vine a caer a Valencia, lo que significa que todo el tiempo estoy en la luna y me entero de última de todo lo que pasa.
Hasta conmigo misma.
Me llaman de Monte Ávila y yo me hago la que no sé, la desinteresada. (La verdad es que tengo el número registrado, con un repique especial, y cuando suena, brinco y me pongo nerviosísima).
Pero ustedes saben...
- ¿Aló?... Sí, ¿diga?...
Me dicen que me han estado llamando (¿sí? ¿a dónde? porque yo cargo el celular pegado encima como fuera hombre y si tuviera una esposa embarazada...). En fin, me dicen que mi libro ya salió.
¿Salió cómo? ¿Para dónde? ¿Lo invitaron a una fiesta?
No, que ya está en las librerías.
¿Que qué?... Pero si yo no lo he visto todavía... Ni de lejitos...
Pero bueno, que está en las librerías pues. Tampoco iban a esperar a que yo me despabilara. Total que no sé si alegrarme o traumatizarme, pero al final me alegro, porque ya es demasiado pedir que esta gente cometiera el error garrafal de premiarme y publicarme un libro, para que además yo ande con tonterías.
Aún no he visto mi libro. No sé cómo quedó en versión definitiva, no sé qué dice la contraportada, ni siquiera estoy segura de qué color es. Pero ya está a la venta, supuestamente, y yo estoy contentísima.
Y ya no soy inédita.
Por si fuera poco, el 25 próximo (o sea, el viernes de la semana que viene, al cierre de la III Semana de la Nueva Narrativa Urbana) Fundación para la Cultura Urbana presentará el libro "
"Quince que cuentan. II Semana de la Narrativa Urbana"
, que como ya les dije, es el compilatorio de la edición del año pasado, que contiene cuentos de José Tomás Angola, Carlos Ávila, Eduardo Cobos, Ana García Julio, Miguel Hidalgo, Gisela Kozak Rovero, Mario Morenza, Rafael Victorino Muñoz, Álvaro Pérez Capiello, Carolina Rodríguez Tsouroukdissian, Arnoldo Rosas, Leopoldo Tablante, Víctor Vegas, Ricardo Waale y una servidora, que ya andaba brincando en una pata y ahora no sabe en cuál de las dos brincar. Que no puedo ir al evento, ya lo dije, pero igual.
Tengo que ir a cambiar mi perfil...

sábado, abril 12, 2008

Nada que decir

Me preguntaste cómo. Cómo es posible, después de tantas veces que me has hecho llorar.
La respuesta es simple. Está en el número de veces que me has hecho reír.

"En la década de los 60, la gente consumía ácido para volver extraño al mundo. En la actualidad, el mundo es extraño y la gente toma Prozac para volverlo normal."


Tomado de la Selecciones del Reader's Digest de abril, especial de humor.

jueves, abril 10, 2008

Mi primer libro: Por fin

El próximo martes 29 de abril, en el lobby de la Fundación Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, ubicada en Altamira, Monte Ávila Editores Latinoamericana realizará la presentación de los libros ganadores y finalistas del Concurso para Autores Inéditos 2007.
Entre ellos, como sabrá todo el que tenga la santa paciencia de leerme, se encuentra mi primer libro, Cuentos en el Espejo, cuya publicación viene a cumplir mi largamente acariciado sueño de ver en tinta sobre papel algo escrito por mí. (No tinta de computadora, tinta de imprenta).
El trabajo hecho por Monte Ávila con mi libro es maravilloso y estoy completamente eufórica. Pero como no tengo ninguna foto de la portada, tocará esperar para que lo vean. Pueden estar seguros de que en cuanto tenga en mis manos un ejemplar (aún no he podido ir a Caracas) lo publicaré aquí. (Cómo podría evitarlo). Pero si alguien lo quiere ver antes, siempre está la opción de dejarse caer ese martes por el CELARG a eso de las 6:30 p.m., saludar y ver qué hay de nuevo en la literatura venezolana.

(P.S.: Cuando digo literatura, no me refiero a mí, sino a gente extraordinaria como Keila Vall de la Ville, el serial blogger Mario Morenza, Eduardo Febres, Enza García y Martha Durán. Por si las dudas. Vale la pena, créanme).

(P.S. parte 2: No he tenido chance de comentar, pero por si no saben, se acerca peligrosamente la III Semana de la Nueva Narrativa Urbana. Ustedes conocen la cosa, y si no, hagan clic en el vínculo que el amigo Jorge Gómez lo cuenta mejor que yo. Yo no puedo ir, porque el vil trabajo escasamente me da permiso de ir a la presentación de mi propio libro, pero si tuviera cómo, iría, mínimo, mínimo, mínimo, el lunes 21 a ver a Torrelles, el miércoles 23 a escuchar a Olga Colmenares, el jueves 24 por la ya mencionada Keila Vall y el viernes, por supuesto, a leer a Gabriel Payares y Rafael Osío Cabrices. Y no es que los demás no merezcan el viaje, que la semana no tiene desperdicio: es sólo que por éstos me dan ganas de llorar de vivir en Valencia.
Aparentemente, así dicen, el viernes presentarán también el libro compilatorio de la II Semana, donde hay un cuento mío que no tuvo buena prensa, pero igual, dolor de no poder ir. Vayan por mí. Y por ustedes.)

lunes, marzo 31, 2008

Citas

"Hay solo dos cosas con las que uno se puede acostar: una persona y un libro."
Ray Bradbury.

"Somos una imposibilidad en un universo imposible".
Ray Bradbury.

"El humor y la curiosidad son la más pura forma de inteligencia".
Roberto Bolaño.

"Exagerar es una forma de admirar cortésmente".
Roberto Bolaño.

"Creo que las mujeres sostienen el mundo en vilo, para que no se desbarate mientras los hombres tratan de empujar la historia. Al final, uno se pregunta cuál de las dos cosas será la menos sensata."
Gabriel García Márquez

"Es mejor ser feliz y desdichado que no ser ninguna de las dos cosas."
Jorge Luis Borges

"Para los grupos españoles que cantan en inglés debería existir la pena de muerte."
Joaquín Sabina

"Yo siempre he sido un marxista de la tendencia pro grouchiana."
Joaquín Sabina.