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la vida no trae instrucciones

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la vida no trae instrucciones: junio 2008

sábado, junio 07, 2008

 

Qué se dice cuando muere un poeta

No voy ni a comenzar a excusarme por volver acá a escribir algo después de cerrar el blog. Los que me conocen saben cómo soy. Ayer me enteré tarde, a mediodía, de la muerte de Montejo, después de que todos sus lectores ya vestían luto por su partida, que todos sentimos como prematura. Me conmocionó a mitad de almuerzo la noticia, y nadie entendió.
Me enteré tarde, también, de que lo velaban en Valencia, de que me hubiera bastado con cruzar la calle al salir del trabajo para dejar sobre su ataúd la rosa blanca que me habría gustado dejarle. Suelo llegar tarde a todas partes, de un tiempo para acá.
A Montejo no lo conocí sino a través de su poesía -no sé si exista una forma más cercana de conocer a alguien-. El caso es que cuando la Universidad de Carabobo le concedió el Doctorado Honoris Causa, yo estaba ahí, entre el público, escuchándolo leer sus poemas, con la dicha de no preocuparme porque la gente a mi alrededor no entendiera las lágrimas corriendo por mi rostro al oírlo leer versos suyos, inéditos.
Creo que todos en aquella sala entendían. Y si se diera el caso de que alguien aún no entienda el luto colectivo que nos deja su marcha, quedan sus palabras latiendo persistentemente para recordarlo.

Amantes

Se amaban. No estaban solos en la tierra;
tenían la noche, sus vísperas azules,
sus celajes.
Vivían uno en el otro, se palpaban
como dos pétalos no abiertos en el fondo
de alguna flor del aire.
Se amaban. No estaban solos a la orilla
de su primera noche.
Y era la tierra la que se amaba en ellos,
el oro nocturno de sus vueltas,
la galaxia.
Ya no tendrían dos muertes. No iban a separarse.
Desnudos, asombrados, sus cuerpos se tendían
como hileras de luces en un largo aeropuerto
donde algo iba a llegar desde muy lejos,
no demasiado tarde.


Hotel antiguo

Una mujer a solas se desnuda,
pared por medio, en el hotel antiguo
de esta ciudad remota donde duermo.

Abren las sedas un rumor disperso
que se mezcla al follaje
de los helechos en el aire.

Se oyen llaves que giran en un cofre,
jadeos ahogados, prendas,
la inocencia de gestos solitarios
que beben los espejos.

A su tiempo la noche se desnuda
y las calles apiladas se doblan
en un vasto ropaje
con la fatiga de un final de fiesta.

Una mujer a solas tras los muros,
unos pasos, un oscuro deseo,
hasta mí llega de otro mundo
como alguien que he amado y que me habla
desde un ataúd lleno de piedras.

Y por último, el poema que todos recuerdan por la película 21 gramos, donde Sean Penn recita un fragmento.

La tierra giró para acercarnos

La tierra giró para acercarnos
giró sobre sí misma y en nosotros,
hasta juntarnos por fin en este sueño
como fue escrito en el Simposio.
Pasaron noches, nieves y solsticios;
pasó el tiempo en minutos y milenios.
Una carreta que iba para Nínive
llegó a Nebraska.
Un gallo cantó lejos del mundo,
en la previda a menos mil de nuestros padres.
La tierra giró musicalmente
llevándonos a bordo;
no cesó de girar un solo instante,
como si tanto amor, tanto milagro
sólo fuera un adagio hace mucho ya escrito
entre las partituras del Simposio.


Hasta siempre, poeta.

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