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la vida no trae instrucciones

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la vida no trae instrucciones: enero 2007

lunes, enero 29, 2007

 

La Sensual

Este cuento es más o menos viejo. Salió publicado el año pasado en Letralia y en el quincenario Letras, de la UCV. No es ni remotamente uno de mis favoritos, pero quería compartir un cuento y justo ahora tengo mis últimos (mis más recientes) quince cuentos en Secreto de Estado, así que por el momento les dejo éste por acá. Y a los que ya lo leyeron, les quedo debiendo otro nuevo...

La Sensual

Antes de salir de su apartamento se pintó los labios de Rojo Pasión (el número 28 de la carta de colores) y ensayó su mejor sonrisa frente al espejo, examinando con detalle su rostro cuidadosamente maquillado y cerciorándose de que ningún detalle estuviese fuera de lugar. Salió, marcando fuertemente el sonido de sus tacones contra el suelo de parquet del lobby de su edificio.
Puesto que no ganaba lo suficiente para un auto, subió al metro en minifalda, medias de seda y zapatos de tacón punta de aguja, sintiéndose un poco estúpida y hasta fuera de lugar, pero ahuyentó pronto ese pensamiento de su mente porque no le combinaba con la imagen de femme fatale que intentaba proyectar. Se irguió enseguida, enderezando la espalda y alzando el mentón, intentando pensar en un hilo imaginario que la sostenía por la cabeza, pero no logró visualizarlo. De todos modos se fue taconeando, derechita, hasta el edificio de oficinas en que trabajaba.
Entró a la oficina poniendo su sonrisa número catorce, la que usaba por defecto, pero al ver al abogado de la empresa hablando con Marta la recepcionista, cambió a la número cuatro, salpicada de picardía, y comenzó a desplazarse con su modo de caminar número cinco, bamboleando las caderas de un lado a otro en un vaivén pretendidamente incitador. Notó cómo el abogado le dedicaba una mirada desvergonzada, y recordando el anillo de oro que refulgía en el dedo anular de aquel licenciado de treinta y quién sabe, se escabulló llevándose su incitación y sus redondeces hasta su escritorio de secretaria ejecutiva.
Cuando su jefe, aquel millonario madurito y soltero –o mejor dicho solterón-, como a ella le gustaban, la llamó para dictarle una carta y pedirle que enviara un fax y que le buscara el informe de ventas del último semestre, se retocó el Rojo Pasión y casi inconscientemente se le pasó el interruptor al modo de caminar número ocho -el cual no es que fuese el octavo, sino que hacía mover sus caderas en forma de ocho-, y mirando a su jefe con las pestañas entrecerradas, tomó el dictado mientras él miraba al techo de la oficina.
Salió de la oficina con su ocho y su eficiencia, sin que su jefe siquiera se dignara a dejarse caer por el dobladillo demasiado corto de aquella falda ceñida, ni por el trasero bamboleante ni la boca pintada de rojo pasión. Y al terminar su día de trabajo, llegó, como cada noche, al apartamento donde nadie la esperaba, se quitó con crema los diferentes colores del rostro, y mirando fijamente los ojos cansados de aquella cara pálida, unicolor, en la que empezaban a notarse las primeras arrugas, se puso un enorme pijama de franela estampado con ositos y se acostó, sola, a dormir.

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sábado, enero 27, 2007

 

Cómo -no- terminar de escribir un libro de cuentos


Suena el despertador a las cinco a.m. Es martes. Sin levantar la cara de la almohada, lo sacudes hasta que se apaga -tendrá instinto de supervivencia, supones- y te vuelves a dormir.

Te despiertas de nuevo. Son las seis y media. De "tu casa" -rincón alquilado en la casa de otro- a la universidad hay una hora, y la clase comienza a las siete y media. Físicamente imposible, pero como tú estudias Derecho, qué más da. Te levantas, te bañas y te vistes en diez minutos, agarras tu maletín, un cuaderno y tres leyes que no son las que te tocan ese día, y sales a la calle (sin maquillaje y sin peinar, por supuesto).

Llegas a la parada casi corriendo y notas que los zapatos te molestan -ya es tarde para eso-. Milagrosamente, una camioneta pasa al poco rato, y milagrosamente también te montas como puedes y te sostienes -milagrosamente- en el borde de la puerta. Mientras notas, ya sin sorpresa, que más de la mitad de los pasajeros sentados son hombres y que casi todos los pasajeros de pie son mujeres, intentas pensar el siguiente párrafo de un cuento que dejaste a medio acabar el sábado pasado, cuando te llamaron para hacer un trabajo -cualquiera-. Pero no lo logras: cada quince segundos tus zapatos -que te lastiman- resbalan en el peldaño, y el pasajero a tu derecha te aturde con su olor. Sin comentarios.

Un pensamiento se cuela en el cuento que intentabas redactar (algo relacionado con la clase del día, con el examen de ayer, con la ropa sin lavar, con el eterno problema de la promoción de graduandos) y te estropea una frase que te venía gustando. Ni modo. Olvidarse de eso por el momento.

Llegas a tu parada, caminas dos cuadras entre los comentarios soeces de policías y buhoneros, tomas otro autobús -esta vez con el escudo de la Universidad-. Llegas a tu facultad media hora tarde, y, por supuesto, el profesor no ha llegado. Piensas en sentarte a escribir, unas líneas al menos, pero tu estómago reclama y en cuanto te desvías a comprar un sándwich, dos de tus compañeras de clase se te acercan -¿estudiaste para el examen de hoy? ¿preparaste la clase? ¿viste cómo ayer se agarraron Mengana y Zutana a gritos en pleno salón?-. Tú, por supuesto, ni estudiaste, ni preparaste la clase, ni viste cómo se agarraron a gritos las susodichas. Estabas ocupada pensando el argumento de un cuento, el último cuento de un libro que no logras terminar de escribir.

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jueves, enero 18, 2007

 

Ficcionaria

Por fin. Terminamos el número cero. Estoy exhausta. La última semana fue especialmente ardua y el agotamiento se me nota más de lo que quisiera (debajo de los ojos). Pero estoy contenta con el resultado, aunque falten cosas por afinar, aunque no hemos podido tener la página web a punto para el número cero, aunque las cosas nunca salen exactamente como uno quiere.
Gracias a todos los que colaboraron, a todos los que me han escrito felicitándonos, a todos los que se han suscrito y a todos los que siguen enviando material para las próximas ediciones. Tener su apoyo ha sido extraordinario. También gracias a todos los que me ayudaron a difundir la convocatoria. No podría haberlo hecho sin ellos.
Quisiera decir que me tomaré una semana de descanso, pero mentiría. Tengo tres exámenes la próxima semana. Deséenme suerte.

P.S: A los que desean suscribirse, la dirección es suscripciones.ficcionaria@gmail.com.

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Instrucciones para llegar (viva) de Caracas a Valencia a medianoche

Te subes al metro, taxi, zapatos o cualquier vehículo automotor o de tracción de sangre que pueda llevarte hasta el terminal de La Bandera. Son las nueve de la noche. Hace horas que ha oscurecido y la ciudad te parece tenebrosa, mejor dicho, La Bandera es el infierno a las nueve de la noche.

Luego de subir y bajar y volver a subir y volver a bajar escaleras y rampas, te ubicas en la puerta donde puedes esperar hasta una o dos horas por un vehículo, cualquiera, en cualesquiera condiciones, que te lleve a tu destino (esperamos que vivo). Llega entonces uno de esos autobuses enormes, rumiantes, que llegan roncando y bostezando humo, y tras un segundo de duda (pensando si no será mejor pernoctar a la intemperie allí mismo en el infierno) te subes. Te sientas al lado de una ventana, y casi inmediatamente, a tu lado se sienta un señor que pesa doscientos kilos, ocupa asiento y tres cuartos e impregna el aire con un olor a extraña mezcla de sudor y fritanga. Miras por la ventana. Sólo miras por la ventana e intentas no pensar.

Es entonces cuando irrumpe en la noche el estruendoso sonido de una submúsica (reggaeton-vallenato-salsa "erótica", son las únicas tres opciones) y lo logras: Ya no piensas, no puedes hacerlo. Tu cerebro ha desaparecido y sólo queda en su lugar, un taladrante dolor de cabeza ocupando todo el espacio vacante en el interior de tu cráneo.

Hace frío. La ventana está rota, por supuesto, abierta, y el frío de las once de la noche te golpea el rostro con la velocidad propia de los ciento veinte kilómetros por hora que alcanza el artefacto (tienes suerte: he viajado en carros por puesto que alcanzaban los ciento ochenta, y pensé que no viviría para contarlo). La "música" no se detiene, y el señor inmenso que te comprimía contra la ventanilla se ha quedado dormido, ronca y parece ocupar diez centímetros más que cuando estaba despierto. Se ha desparramado por el asiento y no tienes espacio para poner tus brazos o tus piernas.

Te dejas ir. Es mejor no pensar. Que el tiempo pase.

Son las doce y media. Divisas el peaje, el túnel de La Cabrera, luego el Big Low Center y piensas en el final de tu tortura. Los ojos se te cierran solos, las punzadas a lo largo de la columna no te permiten adoptar ninguna posición por más de tres segundos. Pero has llegado.

Buscas un taxi, de ésos tipo secuestro express (la película, quiero decir) que te cobra veinte mil bolívares del terminal a tu casa. Te parece excesivo, le preguntas a otro, que te cobra veinticinco. Te devuelves al primero.

Te quedarías dormida en el asiento trasero del auto, si no fuera porque es demasiado duro. El traqueteo y la ausencia de amortiguadores no te lo permitirían, de cualquier modo. Y está bien. Has llegado a tu casa, y estás viva. Qué más puedes pedir.

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