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Tus ojos de pregunta

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la vida no trae instrucciones: Tus ojos de pregunta

viernes, febrero 16, 2007

 

Tus ojos de pregunta

Me voy a mi pueblo por carnavales. Regreso el martes, de modo que, como ya comenté en un post anterior, no habrá entradas en este blog como hasta el miércoles de la semana próxima -por lo menos-, más que nada porque me da un fastidio inconmensurable bajar al pueblo a buscar un cyber, más aún si le añadimos el detalle del riesgo perentorio de que me estalle en el cráneo una bomba congelada (otra costumbre autóctona que detesto).
De modo que, a manera de despedida, les dejo un cuento (perteneciente a un libro en proceso que tengo por ahí, llamado partes de un cuerpo por construir), esperando que ustedes lo disfruten y que aquel a quien va dirigido, entienda por qué lo dejo aquí, por qué hoy.
Tus ojos de pregunta
Me miraste con esa sonrisa triste que siempre me dejaba sin palabras. Me miraste, y te fuiste, y aún sabiendo que el fin no había llegado –todavía-, que volverías, que me perdonarías porque para ti no había nada que perdonar, no pude evitar sentir que algo acababa. Que algo ya había acabado, quizás dentro de mí.
No obstante no pude decirte nada, y te dejé ir. Tal vez mañana, pensé, y esa idea no logró consolarme. Sabía cuánto daño te hacían mis silencios y otra vez te había entregado una tarde llena de silencios incómodos y tristes, sólo porque a veces, pensé, no eres capaz de entender que simplemente no puedo decir nada.
Te miré partir, sabiéndote triste y notando en cada paso cómo te fingías fuerte. Cruzarías en la esquina y comprarías el periódico para disimular que el tiempo pasaba. Tu teléfono celular sonaría y lo atenderías con tu mejor voz, hablarías con alguno de tus amigos o con alguien que fingía serlo y reirías con una risa que nadie más que yo notaría forzada. Quise correr tras de ti y abrazarte, cubrirte de besos y decirte que estaríamos bien, pero mis ojos se nublaron de pronto y el nudo en la garganta me obligó a entrar a la casa.
Cerré los ojos fuertemente durante el tiempo que se tardó el ascensor, para reprimir las lágrimas que luchaban por salir. Me fingí fuerte yo también, y en el pasillo saludé al vecino con una sonrisa que intentaba parecer natural. Qué bueno, me dije, que nadie escucha la respuesta cuando preguntan cómo estás, qué bueno que nadie intentará notar el temblor de la voz impregnada de llanto, y me dije otra vez, sólo tú lo notarías.
Y de pronto tuve miedo de que estuvieras notando algo en mí que yo no hubiera visto. Algo que te hubiera dicho que, después de todo, quizás yo no fuera sino una más de tantas mujeres que andan por ahí, una más igual a todas, una del montón. Tuve miedo de que quizás mis ojos me hubieran traicionado contándote que no soy perfecta, que a veces fallo y que casi siempre dudo. Que tengo miedo.
Cerré la puerta tras de mí y me senté, o me dejé caer, en el piso, y prorrumpí en llanto, en un llanto callado y amargo, sintiéndome derrotada y sola, intentando entender esa pregunta triste que me hacían tus ojos con insistencia, intentando averiguar en la oscuridad de mi apartamento si la interrogación en tu mirada presagiaba un final que no deseaba ver. Quise gritar, destrozarlo todo, pero el dolor me oprimía el alma de un modo que casi no me dejaba respirar, pensar, ni siquiera me daba el espacio suficiente para hacerme preguntas para las cuales no tenía respuesta.
Me sentí en segundos impotente, llena de rabia hacia mi propia torpeza, me sentí inútil y absurda, y deseé con tantas fuerzas perderme entre tus brazos que creí estallar. Entonces sonó el timbre y comprendí que habías desandado tus pasos hasta llegar de nuevo a mi puerta, y tuve miedo de lo que fuera que te había motivado a regresar. En el breve instante que tardé en abrir, mil hipótesis se habían construido en mi mente, y conjeturé que venías a acabar con todo, a decirme que no ibas a aguantar un instante más de mis interminables discusiones y quejas, de mis conclusiones absurdas y mis miedos enfermizos, de mis paranoias y mis crisis.
Te abrí la puerta sintiéndome estúpida e imaginándome hinchada por el llanto. Levanté la mirada poco a poco, tan sólo porque el alma me pesaba, y te miré a los ojos con temor, comprendiendo de pronto mi error, leyendo sin lugar a dudas lo que tu mirada indagaba desde el otro lado del silencio.
Tan sólo preguntabas si te amaba.

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Comentarios:
Qué terrible y dulce puede ser el amor algunas veces, no?. Esa contradicción alimenta la adicción, mientras nosotros, al margen, nos dejamos llevar comos ratas ciegas en un laberinto. Es importante, es bueno que no se espere la respuesta cuando los otros nos preguntan, por cortesía, cómo andamos. Pero sabemos que no podemos escapar de la certeza que nuestra tristeza despierta en quien nos ama. E irónicamente, esa certeza nos es imprescindible.

Chau
 
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